Albania no siempre fue roja, Camarada Enver (Uno)

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Albania, entre enero y agosto de 1997. Algún punto del sur del país.

Que un banco calcinado o un cuartel destruído es una imagen casi pornográfica, es algo con lo que yo mismo y -creo- una gran parte de la población estamos de acuerdo. Pero el punto al que se llegó en la Albania de finales de los años noventa, roza la épica más surrealista que ha conocido el país de Skanderbeg.

Podríamos decir que dentro de ‘El Este‘ (ese extraño ente, que abarca desde la Bohemia checa hasta el polvorín étnico del Cáucaso), Albania es la nación con menor interés geopolítico de entre los muchos ‘países de relleno‘ que pueblan los Balcanes. Como entidad autónoma, esta región sub-eslava (pues los albaneses no son eslavos, sino… albaneses) no existió como tal hasta principios del siglo XX, con la caída del Imperio Otomano. Anteriormente, los albaneses habían pasado por las manos de búlgaros (Imperio Búlgaro), bizantinos (Imp. Bizantino/Imp. de Nicea) y serbios (Imp. Serbio), e incluso en el siglo XIII, fueron súbditos de una entidad política llamada ‘Despotado de Épiro’, un curioso estado que haría las delicias del gran César Vidal, nacido en 1204 a partir de la toma de Constantinopla por los Cruzados. Siglos más tarde, llegaría el momento más glorioso de la historia de la nación adriática, con la figura de Gjergj Kastrioti (Jorge Castriota), más conocido como Skanderbeg, quien lucharía contra los Otomanos en un vano intento de preservar la independencia de los pueblos balcánicos frente a la ‘barbarie‘ musulmana, ya que no abandonarían el Imperio Otomano hasta 1912, año de la independencia, soberanía que desde principios de la década de 1920 hasta mediados de los 1940, sería puesta en peligro por Italia, quien absorbería el país como protectorado dentro de ese megalómano invento denominado ‘Imperio Colonial Italiano‘, capaz de conquistar lugares tan indómitos como Libia o Etiopía (Abisinia, por aquel entonces). Con la –supuesta– derrota del Fascismo al término de la Segunda Guerra Mundial, Albania proclama su independencia por segunda vez en lo que va de siglo, convirtiéndose en una ‘República Popular’ comandada por Enver Hoxha, líder caracterizado por su insidiosa y constante búsqueda del verdadero socialismo –¿?– (es decir, cambiar de bloque socialista en función de aquello que beneficiaba en un principio a Albania y más tarde, a su propio bolsillo).

“Albania será siempre fuerte, siempre roja, como tú la deseaste, camarada Enver” Ramiz Alia.

Tras este frenético repaso a la historia albanesa, llegamos a la caída del socialismo –Ramiz Alia de por medio- y la llegada al poder de Sali Berisha en 1992, hombre con el que el Capitalismo daría sus primeros pasos en el estado balcánico. Éste cardiólogo de profesión, junto con su gabinete, sería quien apoyaría y estimularía un ruinoso sistema financiero piramidal cuyo único objeto sería enriquecer a esa nueva burguesía gobernante, junto con los directivos de sociedades como Sude, Vega, Kamberi, Xhaferri o (sobretodo) Gjallica, entidad con sede en Vlorë (Valona) la cual, debido a una decisión del FMI y de su presidente, Shemsie Kadria, es declarada en bancarrota el 5 de febrero de 1997, provocando la primera gran manifestación de este período, en la que unas treintamil personas saldrían a las calles de la ciudad portuaria en protesta por tal tomadura de pelo a la población; algo bastante entendible si conocemos el hecho de que Tritan Shehu, vice primer ministro por aquel entonces, declararía semanas antes: “Estamos resueltos a destruír esas pirámides de ahorro, pues no son el porvenir de Albania. Nuestro porvenir es la producción y vamos a trabajar cada vez más en ello“, siendo él mismo uno de los principales beneficiados por esta gran estafa piramidal, orgullo de Carlo Ponzi.

Pero volvamos al inicio de este caos financiero. A principios de enero del año noventa y siete, el gobierno presidido por el ya citado Berisha, inicia procesos judiciales contra esa

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Miembros de la policía albanesa siendo recibidos a la manera de Vlorë, en medio de una de las numerosas manifestaciones acontecidas en la ciudad portuaria.

serie de entidades financieras de dudosa credibilidad, pues las mismas se habrían declarado insolventes en las semanas anteriores, llevándose los ahorros de un tercio de la población albanesa (por aquel entonces, Albania tenía unos tres millones de habitantes, lo que supone, para los más necios en esto de la matemática, el robo legal de los fondos de aproximadamente un millón de habitantes) quienes en plena fiebre capitalista, e imagino, abotargados por casi cincuenta años de Comunismo decadente, venderían sus posesiones o hipotecarían sus bienes inmuebles con tal de comprar acciones de dichas compañías, las cuales proponían en aquel momento una rentabilidad del 35% mensual, algo desmesurado, clave para hacer morder el anzuelo a una población poco acostumbrada a los juegos del mercado. Esta situación de pura desesperación, sería la que provocara las primeras protestas en puntos como Berat o Lushnjë, ciudad en la que sus habitantes apalearían y secuestrarían al ya nombrado viceprimer ministro, exigiendo para su liberación al presidente de la Sociedad Financiera Xhaferri, Rrapush Xhaferri. Tan sólo estos dos hechos, tanto la multitudinaria manifestación en Vlorë (en 1997, la ciudad tenía unos 80.000 habitantes, de los cuales 30.000 participarían en la protesta) como el rapto del viceprimer ministro, son únicamente el comienzo de un caos que alteraría las vidas de los albaneses durante siete largos meses.

Evidentemente, para entender esta insurrección popular, se necesita un disco de Goran Bregović de fondo.

Continúa en ‘Albania no siempre fue roja, Camarada Enver (DOS)‘.

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