Los cuervos.

Desconozco mi llegada a aquel lugar. Solo sé que allí estaba. Era una especie de salón no demasiado grande. Podía apreciarse a simple vista que era de construcción reciente. Los muebles eran nuevos y desprendían un olor agradable. Una alfombra de fuerte color rojo lucía en el suelo sin ninguna marca de suciedad mientras el tic-tac de un reloj antiguo acompañaba mis observaciones desde lo alto de un mueble colocado frente a la ventana. Un lugar acomodado, propio de una familia con un buen nivel económico.

Allí,  en el medio del salón, encima de la alfombra roja, podía ver como dos muchachos de entre siete y ocho años mantenían una entretenida conversación. Desde mi posición era difícil interpretar el guión de las palabras, pero podía deducirse un fuerte debate vista la energía que utilizaban en sus gestos. Parecían no haberme descubierto. Extraño, pensé. Pues en ningún momento me oculte y mi cuerpo, a esas horas de la tarde en las que nos encontrábamos, era perfectamente visible a sus ojos. Decidí acercarme movido por la curiosidad de su habladuría. Era invisible para ellos, pues mi distancia podría contarse a tres pasos de sus cuerpos y la organización del salón, sumada a la luz del día, me hacía totalmente perceptible.  No me veían o, en su defecto menos probable, me ignoraban.

–Los adultos han pedido el norte. La mayoría de ellos han olvidado el sentido de vivir. Han enfocado sus vidas de manera que puedan ganarse la vida, ¡pero se han olvidado de vivirla!

“¿Pero que cojones…?” pensé. El primer muchacho al que le escuche estas palabras era moreno, pálido, podían apreciarse unas pequeñas pecas bajo sus ojos, marrones oscuro, sin ningún tipo de profundidad. Me sorprendió que un crio de apenas ocho años estuviese argumentando sobre estos temas. “¿Un niño de ocho años hablando sobre el guión que debemos seguir en la vida? ¿Qué sabe él de la vida? ¿Qué sabemos de ella?” dije para mi. La vida siempre me ha parecido un tema recurrente, fácil. Todos hablamos sobre ella, porque todo lo que conocemos fluye y baila en su interior. Más, curiosamente, desconocemos lo que es en si misma. ¡Que tema más complejo para un niño que no ha tenido tiempo de vivir!

–No sé, no sé. Yo no entiendo de estas cosas. –decía el segundo muchacho con una expresión dudosa en el rostro.

El segundo también tenia el pelo moreno, pero su piel lucía menos pálida. Mostraba una actitud más infantil, propia de los niños de su edad. Escuchaba las palabras del pecoso niño con intensidad, intentando captar sin éxito el mensaje de sus palabras. Desconocía los nombres de los muchachos, pues en ningún momento se nombraron mutuamente o hicieron alguna mención directa hacia el otro. El pecoso y soberbio crio continuó hablando:

–Algún día seré escritor. Les mostraré a los adultos el camino, como deben comportarse, como deben enfocar sus vidas. Haré la vida más sencilla en mis escritos, ellos tendrán un guión a seguir: el camino. ¡Haré desaparecer a los cuervos!

–¿Los cuervos? –dijo el segundo niño con sorpresa– ¿Qué tienen que ver los cuervos en lo que dices?

–Es una metáfora de escritor. –dijo con orgullo mientras esbozaba una sonrisa macabra en la cara– Los cuervos representan el mal. Son aves terroríficas, horribles. Podrían protagonizar sin esfuerzo cualquier novela de terror. Pajarracos asquerosos… ¡Al infierno con todos ellos!

Daba la impresión de estar poseído por algún tipo de fuerza paranormal. ¿Cómo podía hablar de ese modo a su edad? ¿Quién le había enseñado todo eso? Empezaba a temer por la libertad intelectual de aquel muchacho. Era el ejemplo personificado de la influencia adulta: la divina y, en este caso, terrorífica fuerza de la educación. Sentí un escalofrío y dejé de escuchar, desconozco si fue por miedo o rabia, pero por un momento decidí ignorar sus palabras.

Centré mis esfuerzos en analizar la actitud de los dos muchachos. Resultaban totalmente contrarios. El crio con expresión dudosa se mostraba más acorde a su edad. Observaba a su compañero con gestos de sorpresa. Daba la impresión de que apenas comprendía lo que el otro intentaba explicarle. A veces, incluso, parecía ser indiferente a sus palabras y centraba la mirada en los objetos del salón, como pretendiendo escapar de las punzantes y confusas palabras. El muchacho pecoso, en cambio, mostraba y defendía violentamente su argumentación. Mostrándose seguro en cada palabra, en cada gesto: no se sentía una mínima presencia de la duda. Su sonrisa resultaba diabólica, llegando a intimidar en más de una ocasión al otro muchacho. Su mirada era firme, afilada. Observaba a su compañero con aquellos oscuros ojos, completamente vacíos. Parecía pretender imitar la mirada asfixiante de los cadáveres.

En ese momento el salón desapareció. Y con él también desaparecieron los muchachos. Me inunde en la más absoluta oscuridad en cuestión de segundos. El pánico tomo las riendas de mi cuerpo mientras, sin éxito, buscaba alguna salida entre la penumbra. (Como comprenderéis, ignoraba ser presa de los sueños) Grité, corrí, incluso golpeé impotente las paredes que obstruían mi visión. Me vi desamparado en el vacío. Como si hubiese caído en el interior de los ojos del macabro muchacho. Y, bajo mi fracasado intento de escapar entre aquella tenebrosa niebla oscura, me pareció escuchar el graznido de los cuervos…

Volví a aparecer frente al mismo salón. Pero su presencia no era la misma. Las tablas que formaban la base del suelo se observaban podridas, los muebles estaban inundados por la suciedad y los insectos habían encontrado hogar en ellos. La alfombra apenas conservaba su fuerte color rojo y el viejo reloj, que con su tic-tac amenizaba la esencia del lugar, no funcionaba. Todo resultaba haber sido victima del tiempo, parecían haber pasado siglos en cuestión de los minutos que duro aquella penumbra. Escuché un sonido al otro lado del pasillo. Caminé hacia allí con cierta inseguridad. Las tablas crujían a cada paso mientras el polvo y las telarañas amenazaban constantemente mis ojos. Al otro lado del pasillo, frente a la pequeña puerta del patio, podía observar a los dos muchachos. En un primer momento dudé de su presencia, pues la oscuridad de la noche en la que nos encontrábamos no facilitaba las cosas. Los niños no parecían haber notado el paso del tiempo, se mantenían con la misma apariencia juvenil de la primera vez que los encontré, pero en circunstancias distintas.

El muchacho de expresión dudosa agarraba al muchacho pecoso. El moreno del crio había cambiado a una tez pálida y miedosa. El muchacho pecoso, mientras era zarandeado y golpeado por su compañero, se mostraba serio e indiferente a todo lo que le rodeaba: no parecía él. Había perdido por completo esa esencia macabra que tanto lo caracterizaba y solo pronunciaba unas frágiles y temblorosas palabras:

–Yo ya no estoy… Yo… ya no estoy….

Repetía las mismas palabras una y otra vez.  Una vez más, temí por él: daba la impresión de que, en su intento de haber imitado con tanto esfuerzo la mirada de un cadáver, se había convertido en uno de ellos.

–Los cuervos… ¡ALEJAD DE MI A LOS CUERVOS!

El segundo muchacho, al observar que sus intentos de reanimación no resultaban efectivos, abandonó su cuerpo dejándolo caer sobre las viejas tablas de madera para ir a buscar ayuda. ¿Qué había sucedido? ¿Por qué ese constante ataque contra los cuervos? ¡¿Qué significado tienen los malditos cuervos?!  No comprendía nada. Seguía sin saber como había llegado a ese lugar. Lo único que sabía, o creía saber, es que allí me encontraba.

Seguí con la mirada los pasos del asustadizo crio. Las mejillas se mostraban mojadas por el llanto que le producía la impotencia.  Llegué a comprender su incomprensión. De algún modo, me veía identificado con el muchacho: ambos observábamos indefensos la situación, ambos teníamos miedo. El crio, aun cubierto de lagrimas, volvió con un hombre adulto cogido del brazo, uno de esos adultos que tanto repudiaba el intelecto del macabro muchacho que ahora se encontraba víctima de sus palabras y con la única esperanza de salvación puesta sobre las manos de aquel hombre. Corrieron con energía por el pasillo. Por momentos parecía que las tablas del suelo cederían ante la violencia de sus pasos. Al llegar, el pecoso muchacho no estaba. El hombre, de aspecto robusto, dirigió su mirada hacia la puerta del patio. Estaba abierta.

Ambos dirigieron sus pasos hacia el exterior. Yo corrí tras ellos. No sé porque, pero lo hice. Salimos al patio exterior y una vez allí nuestros ojos fueron testigos de una macabra escena. El cuerpo de aquel muchacho, habiendo recuperado su satánica sonrisa, lucía mutilado en el suelo. Su ropa se mezclaba en textura con su despellejada piel, fruto de un sangriento acto. Las gotas de lluvia empapaban aquel cadáver frente al llanto del muchacho y el doloroso rosto del hombre. Los cuervos, aquellos terroríficos animales que el crio, títere de Lucifer, había temido durante toda su vida, volaban en círculos sobre el pálido cadáver. En sus picos podía observarse todavía la sangre fresca del muchacho. “Nunca –pensé– ya nunca serás escritor.”

A la derecha del cadáver podía observan un libro. Sus paginas se movían con brutalidad a merced del viento. Me acerqué al sonriente cadáver victima de la curiosidad, con el fin de leer alguna de sus páginas; no sin preguntarme cual era el motivo de su sonrisa. “¿Acaso ahora –pensé– eres feliz, muchacho?”

Y, mientras escuchaba el graznido de los asesinos cuervos, leí:

Los cuervos me persiguen, los cuervos me observan. Escribo, más en mis palabras se posan. ¿Como escapar de su graznido?

Los cuervos me persiguen, los cuervos me observan. Y sus picos arrancan mis ojos. Y sus picos arrancan mis pieles. Y sonríen.

Más yo soy tu cuervo, escritor. Te perseguiré, te observaré. Me posaré sobre tus palabras. Arrancaré tus ojos. Arrancaré tus pieles. Y sonreiré.

Morirás, escritor. Con y por los cuervos, morirás.

Y mientras tanto, yo 

sobre el cadáver de tus palabras,

sonreiré…

 

Martín G.D Castillo

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