Un amor.

     Considera el tiempo total que has pasado con tu novia o con tu madre. Puede parecer bastante, ¿verdad? No se puede comparar al tiempo que hayas pasado junto a tu mejor amante: la música. Si no escuchas al menos tres horas diarias de música, por favor, deja de leer esto. No eres un lector bien recibido.

     Te hablo de analizar. Pero más aún, me refiero al sentir más general. Como ya se ha dicho varias veces, la buena música es aquella que te hace erizar el vello. Bien, ahora piensa en hechos o actos que te provoquen tal reacción: el buen sexo, el miedo, la vergüenza… Parece que aquí estamos subiendo a un nivel diferente. Nada más lejos de la realidad. Es difícil imaginar un transporte personal a un nivel casi metafísico. Nuestra querida amiga la música lo consigue con relativa facilidad. Sabemos de sobra que, llamémosle así, el principal “receptor de recuerdos” es el olfato. ¿Quién no ha caminado por la calle, cruzándose con una mujer con el mismo perfume que usaba alguna ex y de repente ha sentido una tromba de recuerdos acribillar su mente? Pero también sabemos que la música, es decir, el oído es seguramente ese segundo “receptor”. Se dice que las parejas tienen una canción, ¿no? Volvemos al hecho de transportarte a un nivel diferente. Recuerdos, sensaciones, emociones…Todo eso vuelve a ti, haya pasado el tiempo que sea.

     Lo que decía al principio, yo al menos he pasado más tiempo junto a la música que junto a cualquier persona allegada a mí. El roce hace el cariño, y mi roce con la música viene de lejos. Recuerdo con nostalgia mi infancia, rodeado de discos de todos los estilos imaginables. Y también recuerdo mis clases de música y piano. De niño no quieres hacer nada que tus padres te obliguen a hacer, y pataleas. Pero cuando los años pasan por ti lo agradeces como pocas cosas. Antes de entrar en la adolescencia ya disfrutaba con Pink Floyd, Iron Butterfly, Jimmy Hendrix, Jefferson Airplane, Miles Davis o Santana; todos esos clásicos que mi padre y mi hermano me enseñaban. Cuando conoces una música tan emocional, auténtica y diabólicamente bien hecha, es difícil que tu criterio se adapte a todo. De repente un filtro se apodera de ti. Eres transportado a tu mundo interior con ciertas cosas. Pero otras incluso llegan a provocarte auténtico pavor. Es lo bonito de todo esto. Esa dualidad presente en todo. Lo bueno y lo malo. Lo bello y lo desagradable.

     La realidad de esto es que te vuelves adicto. Automáticamente adquieres la manía de seleccionar, esa maldita selección que te acompaña vayas a donde vayas y hagas lo que hagas. Obtienes el poder de crearte tu propia banda sonora adaptada a estados de ánimo, personas, situaciones… Sinceramente, considero que no muchas personas se conocen musicalmente. Se dejan llevar, qué gran error. En la música, como en muchos otros aspectos de la vida, debes saber escoger. Y lo importante de esto es que tus elecciones marcarán tu futuro. Hay elecciones que te pueden cambiar la vida: una persona, un lugar donde vivir, un trabajo… Pero hay otras que son de igual manera superiores: aquellas que te forman interiormente. Y aquí entramos de lleno en las artes. Soy partidario de separar claramente la formación personal, que está ligada al arte —en cualquiera de sus variantes—, del pragmatismo más primitivo de la vida. Consigue un trabajo, consigue una familia, consigue un lugar en el que vivir felizmente hasta tu muerte… Míralo desde otra perspectiva: consigue ser alguien. Consigue no dejarte llevar y conocerte a la perfección.

     Asfixia y pánico. Serenidad y disfrute. Signos de algo grande.

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