Albania no siempre fue roja, Camarada Enver (Dos)

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‘Bandas de delincuentes incitadas por extremistas de izquierdas’, según Lamberto Dini, ministro de asuntos exteriores italiano durante el gobierno de Romano Prodi.

Volvamos a hablar de Albania, de 1997. Hablemos de un país en el cual, el ocho de febrero de ese mismo año, guardias fronterizos al servicio de Tirana vendían sus armas para poder escapar del caos. Guardias fronterizos vendían la única autoridad aceptada entonces en el país adriático, sus armas.

Un arma podía ser un juguete para un niño, siempre que ese niño fuera albanés. Era, en ese país, el elemento que dominaba el día a día, algo tan común como beberse una cerveza, comprar un paquete de tabaco o quejarse del mal tiempo. Fue el deporte nacional entre enero y agosto de hoy hace dieciocho años. Por aquel entonces se podían ver grupos de personas practicando su puntería disparando a la cruz de una iglesia ortodoxa en Sarandë en un ambiente increíblemente distendido. Otras, establecían controles de carretera con todoterrenos y, evidentemente Mercedes también, como el situado entre las tierras altas y el monte Himarë, donde estos se entretenían tiroteando a veces a objetos al costado de la calzada y en otras ocasiones, a los propios vehículos que tenían la mala suerte de pasar por allí.

Los menos apasionados por el mundo de armamento, si bien una minoría, también las poseían, aunque sólo como herramienta de autodefensa. Estos no exhiben sus fusiles con la misma alegría que los otros, pero también saben utilizarlos con maestría. Esta revuelta no armó a los albaneses, sino que la misma les dio la oportunidad de renovar sus colecciones.

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Un pastor cuida de su rebaño, armado con un Kalashnikov de fabricación nacional, en el sur de Albania (AP).

Retomemos la primavera de 1997.

Ni un sólo policía, ni un sólo soldado. Ni cárceles, ni tribunales ni la más mínima representación del estado albanés, de su gobierno o de cualquier tipo de autoridad. Las armas se habían impuesto en cada centímetro de terreno del sur de Albania, prácticamente todo el mundo poseía armas, conduciendo sus berlinas Mercedes -siendo esto realmente interesante, pues pese a ser un país en el que en 1997, el 22% de la población estaba bajo el umbral de la pobreza, gran parte de ella poseía un Mercedes– con un rifle Kalashnikov en una mano y el volante en la otra; incluso caminar por las calles portando armas automáticas o con revólveres en el cinturón o en el interior de sus chaquetas, se había vuelto algo habitual, pero no por ello normal. Debido a la naturaleza del conflicto, nunca fue posible calcular el número exacto de armas, pero existe el rumor de que en ese pequeño país de no más de tres millones de habitantes, circulaban cuatro millones de rifles, fusiles, ametralladoras y pistolas. Cuatro millones.

Como citaba en el artículo precedente –allá por 2013– el gobierno de Berisha y Shehu había saqueado al pueblo albanés y este, habiendo despertado, había comenzado –manifestaciones y tensiones previas– a saquear estaciones de policía, almacenes del ejército y fábricas de armamento. Pero, ¿cómo un pueblo que se había dejado engañar de un modo tan vil por sus representantes políticos, fue capaz de hacerse con casi el control total del armamento nacional? Si bien es difícil de explicar, el caso de Sarandë podría responder a esta pregunta.

Sarandë, es una ciudad cercana a la frontera griega, situada a unos 200 quilómetros de Tirana y por aquel entonces, del debilitado gobierno de Sali Berisha, el cual estaba más preocupado por pedir ayuda a los estados griego e italiano y por enviar agentes del SHIKservicio secreto albanés– a Italia para controlar a los refugiados albaneses que por dirigir el país. El uno de mayo, un tumulto enfurecido se dirige hacia el Cuartel de la Policía de esta ciudad sureña, dispuesto a enfrentarse a los cerca de cien efectivos que disponían las fuerzas del orden en aquel lugar, pese a que estos últimos aún estaban bien armados. El comandante de la comisaría intentaría contactar en repetidas ocasiones con el ministro de defensa en aquella época, Shaqir Vukaj, para obtener instrucciones, siendo la respuesta del mismo tan evasiva que el centenar de policías presentes en aquella estación, abandonarían sus puestos, dejando atrás la mayor parte de sus escudos, armas y municiones. Este no fue un caso aislado en Sarandë, pues el Cuartel de la Marina en esta misma ciudad costera sufriría el mismo destino, causado de nuevo por la incompetencia del Ministerio de Defensa, quien otra vez dejaría en la estacada a sus tropas, las cuales no sólo se marcharon del lugar, sino que en un acto de concordia –o miedo– para con la muchedumbre, abandonarían y agruparían la mayor parte de sus armas para que cualquiera pudiese recoger lo que necesitase. Un ejército al servicio del pueblo, sin duda alguna.

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Un Mercedes y un Kalashnikov. Resumen gráfico del conflicto.

El caso de Sarandë no fue el único, obviamente. Es imposible alterar el orden de la mitad sur de todo un país soberano asaltando una comisaría y un cuartel de la marina en una ciudad de no más de ochenta mil habitantes. Este tipo de acciones se sucederían a lo largo de los primeros meses del conflicto en diversas ciudades, si bien una vez llegada la Pascua ortodoxa, las acciones armadas se volvían más bien escasas, pues sólo se escuchaban algunos tiros desde las colinas de alrededor, desde Gjirokastër, desde el puerto de Vlorë o en algunos controles a lo largo de la carretera que conducía a Fier, es decir, en puntos bien alejados. Pero una vez la oscuridad tomaba las calles del sur de Albania, toda la munición requisada en cada toma forzosa de las dependencias de las fuerzas del orden se transformaba en ráfagas de disparos que iluminaban el mar; de una manera un tanto aleatoria, propia de conflictos como el aquí narrado, esas mismas calles tomaban un cariz anárquico en el que las balas perdidas bien podían reventar una copa de vino en una terraza del centro de Korçë o atravesar el muslo de un ciudadano poco afortunado.

Es realmente complicado poder entender el terror que suponía vivir en un país donde, de Peqin a Konispol, la ley había pasado de manos del gobierno corrupto de Tirana a las de las nuevas autoridades, las cuales no estaban mucho más limpias. Como comentaba al principio del artículo, las armas se convirtieron en un elemento común e inseparable de la vida de los pueblos y ciudades albanesas, en una fuente de diversión y de placer imposible de explicar.

Continúa en ‘Albania no siempre fue roja, Camarada Enver (III)‘.

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Una respuesta a “Albania no siempre fue roja, Camarada Enver (Dos)

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