Il morso di un ragno

ballerine-pizzica

El tarantismo ya no es un problema en Puglia, sino una bendición.

 Me permitiré preguntarles algo, ¿son ustedes de aquellos que no son capaces a arrimarse a una zagala o a un zagal a menos que estén protegidos bajo el manto de oscuridad de un sucio bar en plena madrugada? Entonces no sigan leyendo, pues en las siguientes líneas hablaremos sobre la pizzica, una manera de entender la vida a ritmo de pandereta en seis octavas.

Es bien curiosa la manera en la que nacen las tradiciones. En Binche (Valonia, Bélgica), se celebra un carnaval muy especial donde unos seres llamados gilles de Binche se dedican a desfilar por las calles del pueblo vestidos cual guardia suizo daltónico mientras lanzan mandarinas a la población, celebración surgida como agasajo para la reina María Teresa de Austria. En Eslovaquia y República Checa, las chicas son azotadas con ramas de sauce trenzadas y salpicadas con agua durante el primer lunes de Pascua, como método para trasvasar la fertilidad de esas varas frescas a las mujeres. En el sur de la península Itálica, en Puglia, tienen la pizzica.

Esta danza y género musical aparece, si hacemos caso a la tradición popular, como cura para el tarantismo, corea histérica atribuída a la picadura de una taranta (Tarántula mediterránea, Lycosa tarantula). Cuando la alarma de que alguien había sido mordido (pizzica quiere decir ‘picadura’ o ‘mordedura’ en dialetto salentino) por una tarántula, por lo general mientras trabajaba en el campo, la banda local acudía rápidamente al lugar con sus instrumentos (tradicionalmente violines, mandolinas, guitarras, panderetas y acordeones). Una vez allí, comenzarían a tocar lentamente al principio mientras el paciente, que aún estaría padeciendo una terrible fiebre, va comenzando progresivamente a danzar. Tal y como ocurre en otros bailes (como por ejemplo, en el χασάπικο/hasápiko), el tempo va ganando progresivamente en velocidad, por lo cual, el bailarín o bailarina debía aumentar el ritmo de sus cabriolas con el objeto de seguir ese acelerado compás y con ello, expulsar el veneno (o espíritu maligno) mediante la transpiración. Habitualmente, la familia y otros vecinos se unirían en muestra de solidaridad. Finalmente, este baile llegaría al prestissimo, momento en el que el enfermo se desploma en el suelo de puro agotamiento, aunque suponemos que ya curado. Esta danza es conocida en San Vito di Normanni como pizzica di San Vito, con la particularidad de que en este pueblo de la provincia de Brindisi, los enfermos se curan bailando en el agua. Cabe explicar, que la pizzica di San Vito y el ballo di San Vito, si bien pueden dar lugar a confusión, no tienen nada que ver.

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Sanador y músico, héroe del pueblo salentino.

Actualmente, la pizzica ya no se tiene en cuenta en la práxis médica. Desde el medievo, esta danza ha ido perfeccionándose hasta convertirse en un arte que representa la cultura y las emociones del tacón de la península Itálica. Es imposible ser pugliese y no verse reflejado en este hipnótico baile donde el objeto del mismo no siempre es el cortejo (como popularmente se cree), sino el mero divertimento entre familiares o amigos; uno baila para celebrar el haber nacido en Puglia y no en cualquier otra parte del mundo. Esta evolución trajo consigo una suerte de profesionalización de la pizzica, en la cual existen dos danzas principales, la pizzica-pizzica o pizzica de core y la pizzica a scherma.

La pizzica-pizzica o pizzica de core (aceptemos picadura picadura o picadura de corazón como traducciones un poco forzadas) es una danza de cortejo durante la cual los dos bailarines se acercan, pero nunca se llegan a tocar. Todo se lleva a cabo con un intercambio de miradas pícaras; una serie de gestos que revelan, por un lado, el deseo del hombre por tener a la mujer y, por el otro, el de ella de ser cortejada. Esta intentará que el varón dé el primer paso para, en cuanto él intente acercarse, alejarse inmediatamente entre movimientos tan gráciles como dolorosos para el bailarín. El elemento clave de esta danza es el fazzoletto (pañuelo), con el cual la mujer provoca a su pretendiente agitándolo al ritmo de sus pasos entre mandolinas, flautas, violines, guitarras, panderetas y armónicas. Corresponde esta tradición a un hecho clave en la cultura de la Italia meridional; el hombre parece ser quien domina la situación pero es la mujer quien en realidad, marca el compás con el pañuelo como batuta.

Lu Santu Paulu meu de le tarante, pizzichi le caruse a ‘mmenzu ll’anche

Lu Santu Paulu meu de li scurpiuni, pizzichi li carusi alli cuiuni

“San Pablo mío de las tarántulas, que picas a las chicas en la vagina/San Pablo mío de los escorpiones, que picas a los chicos en los cojones” rezan dos de las estrofas de la canción enlazada sobre estas líneas. Para que vean que la mojigatería es un mal de las clases pudientes y no del pueblo llano.

Por otro lado, tenemos la pizzica a scherma propia de Torrepaduli (erróneamente conocida como Danza de las espadas), en la cual sólo participan dos hombres que se van sustituyendo uno a uno por alguien de entre el público, y en la que se simula una pelea con armas de filo, solo que en la actualidad esas armas son sustuídas por los dedos índice y medio.
El propósito de esta scherma es el de golpear a tu oponente, simulando los movimientos de una pelea con cuchillos -la scherma dei coltelli típica del país salentino- procurando no dar la espalda al adversario, estar alerta y mantener una distancia. Todo esto sin perder el sentido del ritmo ni olvidarse de las panderetas y armónicas de las que nace la melodía.
ballo[pizzica&taranta]

Pizzica a scherma a mediados de la década de 1970. Presumiblemente en Torrepaduli, sur de la provincia de Lecce.

Lo que en un pasado fueron o bien remedios para curar enfermedades inexplicables o bien reyertas violento-musicales contempladas con horror por los testigos de aquel tiempo, se han convertido en espectáculos coreográficos en los que turistas y curiosos cantan y bailan al ritmo de letras tan bellas como sórdidas.
La picadura de una araña o il morso di un ragno. Habiendo leído estas líneas, ¿quién no querría curarse una mordedura de tarántula en la iglesia de San Paolo di Galatina?
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