Todas las despedidas tristes

GHTG-Estaciones

No hay mayor expresión de humanidad que una mirada abandonada a la tristeza

I quina pena es desencís, que dolenta i que dolent;
no va ser, precisament, no va ser un final feliç.
Joan Miquel Oliver

Recuerdo aquel amargo día, hará unos dos o tres años. Una preciosa rapacina de pelo taheño vino -aún a sabiendas de que yo no quería verla antes de mi escapada- a decirme “hasta luego” en una de las dársenas de la estación de autobuses de mi ciudad. Un beso, unas pecas, un ejemplar de La solitudine dei numeri primi y una puñalada algo traumática.

¿Cómo decir adiós cuando no se quiere decir adiós? Resulta esto un problema bien habitual, dicho por alguien acostumbrado a vivir aquí arriba y tener la mente lejos, allí abajo. Uno termina por hacerse a la idea de que con el tiempo, nos vemos obligados a dar por terminada toda buena experiencia en nuestra vida, sea una efímera relación sentimental, una noche con tus amigos en los antros que antes odiabas y que ahora representan un oásis de viciu o incluso una buena serie. Ir habituándose a esta gran putada conocida como “punto y final” no quiere decir que esta sea plato de buen gusto; aún a día de hoy y tras muchos quilómetros a mis espaldas, el retorno, el momento en el que se deja atrás a alguien a quien aprecias, tiene un sabor que de tan ácido, es muy difícil de tragar.

Despedirse es recibir un bofetón mientras estás maniatado; duele, sabes que duele pero no puedes evitar ese dolor. Un aprendizaje vital que depende de tu capacidad como autodidacta para aceptar hostias educativas de ese calibre, hostias que comenzamos a recibir durante nuestra infancia y que a medida que maduramos no sólo no disminuyen su capacidad para hacer daño, sino que aumentan su intensidad de tal manera que te ves obligado a reservar tus lágrimas para momentos mucho más preciados, por miedo a terminar seco o casi evaporado, como la buena de Mariví Bilbao.

La vida es una sucesión de instantes felices salpicados por interminables momentos de una aspereza difícil de tolerar, algo que acudiendo de nuevo a Joan Miquel Oliver, es resumido de maravilla con la frase Ai las! la vida és un principi, un nus i un desenllaç, cuya melodía te atrapa entre s’article salat y ese ese tono de voz que tan bien representa el tedio en el que te abandonas una vez admites que tienes que dejar de mirar a los ojos y te ves obligado a dirgir tu vista al retrovisor, en parte para evitar que algún tarado te haga una desgracia en tu coche, en parte para cerciorarte de que las personas a las que quieres no se evaporarán una vez te vayas; se irán haciendo progresivamente más pequeñas hasta que adopten un tamaño adecuado para que ocupen el suficiente espacio en tu memoria como para no olvidarlos ni que tampoco deambulen demasiado por tu mente.

Bueno, quién cojones soy yo para decir qué es la vida. Será cosa de la juventud y la soberbia que la acompaña.

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